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El Distinto
Por Carlitos Contreras
Archivos Agosto 2009
Podemos ir al Mundial
31.08.09
No es por dar la contra, pero se aproxima una nueva fecha de Eliminatorias y creo que aún tenemos posibilidades de ir al Mundial. Que no soy un iluso, señor, es obvio que no lo digo por Perú, que es algo así como el Bolognesi de Sudamérica, solo que sin Mosquera porque tampoco hay que insultar. Lo digo porque ayer, en una de mis célebres divagaciones, se me ocurría una fórmula infalible para sentirnos más cerca de Sudáfrica, país que por cierto, y a propósito del caso de la atleta Semenya, develó que tiene deportistas mujeres que orinan de pie. Pero ese es otro tema, tan espinoso como un lenguado.
Hablaba acerca de que los peruanos aún podemos ir al Mundial, y es más fácil de lo que usted imagina. Primero deje de mirar a la Diosa Depor de al lado, sáquese la mano del bolsillo y preste atención.
La tabla de las Eliminatorias Sudamericanas, como todo en la vida, ha dividido a los buenos de los malos, los ricos de los pobres, los Bielsas de los Chemos. Yo, que trato de ver todo por el lado positivo, he pegado en la pared de mi habitación la tabla al revés: qué lindo es ver a mi Perú en lo más alto, pienso hinchado de orgullo y de colesterol. Pero en el fondo sé que se trata de una ilusión óptica, y que por encima de todos están Paraguay, Brasil, Argentina, Chile y hasta Ecuador. Solo en la pared de mi cuarto miran hacia el suelo, que es donde la realidad nos sitúa a nosotros.
En eso pensaba ayer cuando de pronto, sin querer, me salió un dejito argentino. Y, ché, en qué andás pensando, pensé, y me embargó un airecito de optimismo que no conocía. En otras palabras, y para no hacerla larga, se me ocurrió que si quería ir al Mundial mejor me dejaba de idioteces y apostaba por otra camiseta. Sí es posible cambiar de equipo, me dijo mi primo Gustavo que desde hace un tiempo se hace llamar Xiomara.
Todo peruano que se precie de futbolero ha coleccionado álbumes de los Mundiales, pegando con goma y/o lengua figuritas que poco tenían que ver con los cacharros patrios. Es entonces cuando nos sale el hincha argentino que siempre quisimos ser, o bailamos samba, o gritamos goles en idiomas exóticos como el inglés o el alemán. Decía que nos dejemos de tonteras, superemos este asunto con hidalguía, impostemos de una vez por todas un dejo sudamericano que no sea el nuestro (cómo diablos habla un paraguayo, me pregunto ahora), y vayamos a Sudáfrica envueltos en otra bandera. Te amo, Perú, pero te seré infiel.
Este sábado, por ejemplo, hincharé por Uruguay solo porque tiene más posibilidades que nosotros. Lo justo, varón. Paso la voz a los que quieran unirse a mi cruzada "No dejemos de ir a Sudáfrica": la barra celeste estará en Oriente. Y hablando de Semenya, perdió el Muni. Chau, y hasta otra contra.

Hablaba acerca de que los peruanos aún podemos ir al Mundial, y es más fácil de lo que usted imagina. Primero deje de mirar a la Diosa Depor de al lado, sáquese la mano del bolsillo y preste atención.
La tabla de las Eliminatorias Sudamericanas, como todo en la vida, ha dividido a los buenos de los malos, los ricos de los pobres, los Bielsas de los Chemos. Yo, que trato de ver todo por el lado positivo, he pegado en la pared de mi habitación la tabla al revés: qué lindo es ver a mi Perú en lo más alto, pienso hinchado de orgullo y de colesterol. Pero en el fondo sé que se trata de una ilusión óptica, y que por encima de todos están Paraguay, Brasil, Argentina, Chile y hasta Ecuador. Solo en la pared de mi cuarto miran hacia el suelo, que es donde la realidad nos sitúa a nosotros.
En eso pensaba ayer cuando de pronto, sin querer, me salió un dejito argentino. Y, ché, en qué andás pensando, pensé, y me embargó un airecito de optimismo que no conocía. En otras palabras, y para no hacerla larga, se me ocurrió que si quería ir al Mundial mejor me dejaba de idioteces y apostaba por otra camiseta. Sí es posible cambiar de equipo, me dijo mi primo Gustavo que desde hace un tiempo se hace llamar Xiomara.
Todo peruano que se precie de futbolero ha coleccionado álbumes de los Mundiales, pegando con goma y/o lengua figuritas que poco tenían que ver con los cacharros patrios. Es entonces cuando nos sale el hincha argentino que siempre quisimos ser, o bailamos samba, o gritamos goles en idiomas exóticos como el inglés o el alemán. Decía que nos dejemos de tonteras, superemos este asunto con hidalguía, impostemos de una vez por todas un dejo sudamericano que no sea el nuestro (cómo diablos habla un paraguayo, me pregunto ahora), y vayamos a Sudáfrica envueltos en otra bandera. Te amo, Perú, pero te seré infiel.
Este sábado, por ejemplo, hincharé por Uruguay solo porque tiene más posibilidades que nosotros. Lo justo, varón. Paso la voz a los que quieran unirse a mi cruzada "No dejemos de ir a Sudáfrica": la barra celeste estará en Oriente. Y hablando de Semenya, perdió el Muni. Chau, y hasta otra contra.

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Lejos de la bacinica
24.08.09
No es por dar la contra, pero nuevamente me toca defender a los árbitros peruanos, tarea algo complicada en medio de un apanado público a Reátegui, Pacheco y otros héroes. No es posible, digo yo, que Juan Carlos Oblitas, con toda la experiencia evidenciada en sus juanetes, se burle de una enfermedad que congoja al referato patrio desde hace unos años. La cistitis es muy común entre quienes tienes la dicha de arbitrar un encuentro de fútbol (no solo en el Perú, sino en Bolivia, con quien también compartimos la diablada); y ese drama, sumado al del astigmatismo -del que ya hablé en otra de mis célebres columnas-, son la causa obvia de que nuestros pitos orinen, muchos de ellos, lejos de la bacinica.
Así que no es cuestión de puntería, como dejó entrever el director de este diario, ni de incapacidad para decidir, cual fuera el mensaje del 'Ciego', sino de condición natural del árbitro nacional. Me explico.
El cerebro dice quiero mear. El llamado es urgente y casi siempre sorpresivo, porque al hablar de cistitis se habla de una vejiga inflamada. El réferi, entonces, toma dirección al baño y/o retrete más próximo. Lo hace a paso de marcha atlética, competencia que seguimos con singular interés en el Mundial de Berlín terminado ayer. A continuación, nuestro héroe se desabrocha la bragueta, acción que tal vez aprendió, como todos, en la niñez. Es muy posible que el cerebro ordene una cosa y que la naturaleza de la enfermedad vaya en contra. Me refiero a que la micción puede haber empezado antes de que la bragueta haya sido totalmente aperturada. Las primeras gotas del apuro -no ponga cara de asco que nos sucede a todos- pueden caer, evidentemente, lejos de la bacinica. Y como el astigmatismo impide el enfoque claro de los objetos, es muy posible que se siga meando afuera.
Ya se sabe que no hay mayor enemigo de un peruano que otro peruano, pero hacer hincapié en las enfermedades de un gremio como el arbitral, solo para manchar su honra, le hace muy mal al fútbol. Una cosa es que se equivoquen siempre -errare humanum est- y otra muy distinta hacer analogías escatológicas. O como dijo Cicerón, para que lo entienda todo el mundo: mear también es humano.
Así que no es cuestión de puntería, como dejó entrever el director de este diario, ni de incapacidad para decidir, cual fuera el mensaje del 'Ciego', sino de condición natural del árbitro nacional. Me explico.
El cerebro dice quiero mear. El llamado es urgente y casi siempre sorpresivo, porque al hablar de cistitis se habla de una vejiga inflamada. El réferi, entonces, toma dirección al baño y/o retrete más próximo. Lo hace a paso de marcha atlética, competencia que seguimos con singular interés en el Mundial de Berlín terminado ayer. A continuación, nuestro héroe se desabrocha la bragueta, acción que tal vez aprendió, como todos, en la niñez. Es muy posible que el cerebro ordene una cosa y que la naturaleza de la enfermedad vaya en contra. Me refiero a que la micción puede haber empezado antes de que la bragueta haya sido totalmente aperturada. Las primeras gotas del apuro -no ponga cara de asco que nos sucede a todos- pueden caer, evidentemente, lejos de la bacinica. Y como el astigmatismo impide el enfoque claro de los objetos, es muy posible que se siga meando afuera.
Ya se sabe que no hay mayor enemigo de un peruano que otro peruano, pero hacer hincapié en las enfermedades de un gremio como el arbitral, solo para manchar su honra, le hace muy mal al fútbol. Una cosa es que se equivoquen siempre -errare humanum est- y otra muy distinta hacer analogías escatológicas. O como dijo Cicerón, para que lo entienda todo el mundo: mear también es humano.
Sobre mates y broncas
18.08.09
No es por dar la contra, pero lo mejor del vóley son sus broncas. ¿O no me va a decir usted, estimado hincha del fútbol, que ahora sabe identificar en la cancha la "posición 4", o que entiende el método de "rotación" (¿?), o que puede decir qué diablos hace una jugadora del equipo con la camiseta de otro color? Y digo 'jugadora' porque si un hombre juega al vóley, pues obviamente se trata de alguien a quien le gusta derramar el helado de fresa. Usted me entiende: una cosa es decir "yo separo la cancha" y otra muy distinta "yo llevo la net". Suave con eso.
Pero no nos distraigamos. Decía aquí que lo mejor del vóley son sus broncas. Mirtha Uribe fue la protagonista de la semana porque supuestamente prefirió chapar con el enamorado español antes que chapar sus maletas y viajar a Tacna con el grupo. La decisión se entiende, me dijo una prima que conoce la materia (sufre de acné), porque luego de ver durante tantos días a Man Bok Park a una le pueden dar ganas de probar su femineidad en otra esquina. 'Manbo' tiene fama de gran técnico, pero a la franca que está más matado que los mates de Perú.
¿El novio o el 'Manbo'?, se preguntó la chica Uribe, y decidió probar sus levantadas fuera de la cancha. Mi prima dice que hubiera elegido igual, pero que todavía no tiene el fono del novio de Mirtha, en fin. La cosa es que 'Doña Bárbara', que es como ahora se le conoce a Natalia Málaga, le saltó a la yugular a la chica Uribe y le gritó que no tenía compromiso. Cómo que no tengo compromiso, le habría dicho la jugadora, y hasta le mostró el anillo. El anillo de compromiso, por supuesto, pero 'Doña Bárbara' se refería más bien al compromiso con la camiseta peruana. Man Bok Park también dijo algo, pero no se le entendió.
La bronca tuvo su momento cumbre cuando Uribe declaró que era bien macho. Me refiero, claro está, a las declaraciones de Julio César Uribe. Mirtha, más bien, dijo que las que se quedaron en la selección son unas "sumisas", y desde entonces Leyla Chihuán anda pidiendo la dirección de su casa. Ojalá solo sea para visitarla porque son amigas. Lo lindo es que el vóley peruano sigue dando que hablar. Lo único que sabíamos de ese deporte, hasta la semana pasada, eran cuatro o cinco palabras, entre las que destacan 'mate', 'Manbo', 'patadita', 'Seúl'. Hoy anotamos 'bronca' y hasta nos soplamos un partido solo para ver bailar a 'Tumbao' Uceda. Y hablando de levantadas, perdió el Muni. Chau, y hasta otra contra.
Pero no nos distraigamos. Decía aquí que lo mejor del vóley son sus broncas. Mirtha Uribe fue la protagonista de la semana porque supuestamente prefirió chapar con el enamorado español antes que chapar sus maletas y viajar a Tacna con el grupo. La decisión se entiende, me dijo una prima que conoce la materia (sufre de acné), porque luego de ver durante tantos días a Man Bok Park a una le pueden dar ganas de probar su femineidad en otra esquina. 'Manbo' tiene fama de gran técnico, pero a la franca que está más matado que los mates de Perú.¿El novio o el 'Manbo'?, se preguntó la chica Uribe, y decidió probar sus levantadas fuera de la cancha. Mi prima dice que hubiera elegido igual, pero que todavía no tiene el fono del novio de Mirtha, en fin. La cosa es que 'Doña Bárbara', que es como ahora se le conoce a Natalia Málaga, le saltó a la yugular a la chica Uribe y le gritó que no tenía compromiso. Cómo que no tengo compromiso, le habría dicho la jugadora, y hasta le mostró el anillo. El anillo de compromiso, por supuesto, pero 'Doña Bárbara' se refería más bien al compromiso con la camiseta peruana. Man Bok Park también dijo algo, pero no se le entendió.
La bronca tuvo su momento cumbre cuando Uribe declaró que era bien macho. Me refiero, claro está, a las declaraciones de Julio César Uribe. Mirtha, más bien, dijo que las que se quedaron en la selección son unas "sumisas", y desde entonces Leyla Chihuán anda pidiendo la dirección de su casa. Ojalá solo sea para visitarla porque son amigas. Lo lindo es que el vóley peruano sigue dando que hablar. Lo único que sabíamos de ese deporte, hasta la semana pasada, eran cuatro o cinco palabras, entre las que destacan 'mate', 'Manbo', 'patadita', 'Seúl'. Hoy anotamos 'bronca' y hasta nos soplamos un partido solo para ver bailar a 'Tumbao' Uceda. Y hablando de levantadas, perdió el Muni. Chau, y hasta otra contra.
Es que somos muy malos
11.08.09
No es por dar la contra, pero Reynoso tiene razón: los periodistas somos malos. Y los periodistas deportivos, como yo, además de destilar maldad, nos manejamos un turrón un poco bravo, para qué; lo cual nos situaría en la categoría inferior de la prensa si no fuera porque existe el periodismo cultural, que es aún peor. Gracias, coleguitas, por superar con su mala leche nuestra natural halitosis.

Decía que somos malos y a veces, cuando también me leo y no me soporto, hago una cura de silencio conmigo mismo. No me hablo durante días y hasta me pongo cara de pocos amigos en el espejo. Luego me preparo sanguchitos de jamón y queso, que por pura coincidencia es la misma técnica que usa Reynoso en sus conferencias: hay que mantener al enemigo con la boca llena. Yo, que cuando me leo me odio, digo en pataleta pública: "La prensa tiene la culpa hasta de lo que no tiene la culpa". Reynoso me cae bien porque, como yo, no se avergüenza al decir esta clase de tonteras.
Sostengo que quienes nunca tienen la culpa de nada son, más bien, los entrenadores de fútbol. En su mayoría, tipos bien educados y sabios, con quienes uno puede conversar de literatura, cine y política o, por el contrario, se ponen un saco para tener la pinta de ser tipos con los que uno puede conversar de literatura, cine y política. Da igual. La cosa es que Reynoso (que viste saco), mira a la prensa desde la tarima de su arrogancia intelectual, cosa que apoyo firmemente: hay que respetar al que más sabe. Por si fuera poco, un ex jugador que ha ido a mundiales, merece todos los honores, así haya ido a mundiales solo para revender boletos. Y aquí, aunque no esté hablando de Reynoso, se me salió la maldad porque, ya lo dije, soy periodista.
Reynoso es un tipo inteligente y basta sino con palpar el tamaño de su testa, llena de ideas y abarrotada de datos enciclopédicos. Por ejemplo, diga usted cuántos goles le metió Chile a Perú, en Santiago, por las eliminatorias a Francia 98. Una pregunta de Historia elegida al azar, por supuesto. Él sabrá responder porque es un hombre sabio, lleno de datos: la culpa fue de la prensa. Listo el pollo. No como nosotros, señores periodistas que, como dijo Kraus, no tenemos nada que decir y sin embargo decimos, que no jugamos al fútbol, pero cargamos con la culpa de los partidos que pierde un entrenador. Y hablando de cabezas clavas, empató el Muni y es colero. Chau y hasta otra contra.

Decía que somos malos y a veces, cuando también me leo y no me soporto, hago una cura de silencio conmigo mismo. No me hablo durante días y hasta me pongo cara de pocos amigos en el espejo. Luego me preparo sanguchitos de jamón y queso, que por pura coincidencia es la misma técnica que usa Reynoso en sus conferencias: hay que mantener al enemigo con la boca llena. Yo, que cuando me leo me odio, digo en pataleta pública: "La prensa tiene la culpa hasta de lo que no tiene la culpa". Reynoso me cae bien porque, como yo, no se avergüenza al decir esta clase de tonteras.
Sostengo que quienes nunca tienen la culpa de nada son, más bien, los entrenadores de fútbol. En su mayoría, tipos bien educados y sabios, con quienes uno puede conversar de literatura, cine y política o, por el contrario, se ponen un saco para tener la pinta de ser tipos con los que uno puede conversar de literatura, cine y política. Da igual. La cosa es que Reynoso (que viste saco), mira a la prensa desde la tarima de su arrogancia intelectual, cosa que apoyo firmemente: hay que respetar al que más sabe. Por si fuera poco, un ex jugador que ha ido a mundiales, merece todos los honores, así haya ido a mundiales solo para revender boletos. Y aquí, aunque no esté hablando de Reynoso, se me salió la maldad porque, ya lo dije, soy periodista.
Reynoso es un tipo inteligente y basta sino con palpar el tamaño de su testa, llena de ideas y abarrotada de datos enciclopédicos. Por ejemplo, diga usted cuántos goles le metió Chile a Perú, en Santiago, por las eliminatorias a Francia 98. Una pregunta de Historia elegida al azar, por supuesto. Él sabrá responder porque es un hombre sabio, lleno de datos: la culpa fue de la prensa. Listo el pollo. No como nosotros, señores periodistas que, como dijo Kraus, no tenemos nada que decir y sin embargo decimos, que no jugamos al fútbol, pero cargamos con la culpa de los partidos que pierde un entrenador. Y hablando de cabezas clavas, empató el Muni y es colero. Chau y hasta otra contra.
Seamos tolerantes con el daltonismo
03.08.09
No es por dar la contra, pero desde esta columna imparcial me toca ahora defender al delegado del Bolognesi, un señor un poco zonzo, para qué, pero no por eso despreciable. No nos confundamos. Y es que el daltonismo es una enfermedad complicada, y en estos tiempos modernos tendríamos que ser más tolerantes con el prójimo.
A este buen samaritano, quien seguro sufrió mucho en la niñez, le dijeron que por favor viaje a Lima con unas camisetas distintas a las del Total Chalaco, que son, óyelo bien, rojas y blancas. El señor delegado, provisto de una inteligencia promedio, o digamos que superlativa comparada a la de un cuy, cogió las camisetas que tenía a la mano, blancas con verde, juraría él, y partió a la capital con el sueño de los tres puntos. Los resultados de tamaña decisión ya los conocemos porque, cuando hay líos, somos capaces de encender la tele hasta en un Chalaco vs. Bolo.

El daltonismo, decía, es así de crítico y suele proveerle malos momentos a quien lo porta. Como usted bien sabe, querido lector, la enfermedad consiste en confundir los colores, y en el caso de nuestro héroe, el delegado del Bolo, confundió el rojo con el verde y todo se fue al diablo en un santiamén. El árbitro, que en la vida solo debe distinguir el amarillo del rojo, fue inclemente: aquí no se juega, dijo. El pobre delegado recordó entonces, al borde de la cancha del Miguel Grau, cuando sus amigos del colegio le dijeron que pruebe el delicioso jugo de fresa y le dieron caca de iguana. Los niños son así.
Pero lo que no podía entender el pobre delegado -y me temo que hasta ahora no lo comprende del todo- era cómo el Total Chalaco podía jugar de verde y blanco cuando le habían asegurado, en Tacna, que el uniforme del club local era blanco y rojo. "Es una conducta antideportiva", llegó a decirle a un par de periodistas que lo miraron como a un loco de la calle. Es que el pobre delegado, por esas cosas de la vida, no sabe que sufre de daltonismo y también por eso, claro, se explica el espantoso color de sus corbatas.
Como no se trata de criticar, sino de aportar soluciones a nuestro competitivo balompié, he aquí una: la próxima vez que suceda algo parecido -y créanme que sucederá mucho, porque así como hay daltónicos hay idiotas-, pues que el equipo visitante juegue como dios lo trajo al mundo y asunto arreglado. Total, el primer partido de fútbol, en la historia de la humanidad, debió jugarse en taparrabos. Es mejor estar calato que regresar sin puntos, y hablado de colores, el Muni descansó. Chau, y hasta otra contra.
A este buen samaritano, quien seguro sufrió mucho en la niñez, le dijeron que por favor viaje a Lima con unas camisetas distintas a las del Total Chalaco, que son, óyelo bien, rojas y blancas. El señor delegado, provisto de una inteligencia promedio, o digamos que superlativa comparada a la de un cuy, cogió las camisetas que tenía a la mano, blancas con verde, juraría él, y partió a la capital con el sueño de los tres puntos. Los resultados de tamaña decisión ya los conocemos porque, cuando hay líos, somos capaces de encender la tele hasta en un Chalaco vs. Bolo.

El daltonismo, decía, es así de crítico y suele proveerle malos momentos a quien lo porta. Como usted bien sabe, querido lector, la enfermedad consiste en confundir los colores, y en el caso de nuestro héroe, el delegado del Bolo, confundió el rojo con el verde y todo se fue al diablo en un santiamén. El árbitro, que en la vida solo debe distinguir el amarillo del rojo, fue inclemente: aquí no se juega, dijo. El pobre delegado recordó entonces, al borde de la cancha del Miguel Grau, cuando sus amigos del colegio le dijeron que pruebe el delicioso jugo de fresa y le dieron caca de iguana. Los niños son así.
Pero lo que no podía entender el pobre delegado -y me temo que hasta ahora no lo comprende del todo- era cómo el Total Chalaco podía jugar de verde y blanco cuando le habían asegurado, en Tacna, que el uniforme del club local era blanco y rojo. "Es una conducta antideportiva", llegó a decirle a un par de periodistas que lo miraron como a un loco de la calle. Es que el pobre delegado, por esas cosas de la vida, no sabe que sufre de daltonismo y también por eso, claro, se explica el espantoso color de sus corbatas.
Como no se trata de criticar, sino de aportar soluciones a nuestro competitivo balompié, he aquí una: la próxima vez que suceda algo parecido -y créanme que sucederá mucho, porque así como hay daltónicos hay idiotas-, pues que el equipo visitante juegue como dios lo trajo al mundo y asunto arreglado. Total, el primer partido de fútbol, en la historia de la humanidad, debió jugarse en taparrabos. Es mejor estar calato que regresar sin puntos, y hablado de colores, el Muni descansó. Chau, y hasta otra contra.